David Humberto Martínez migró a Estados Unidos buscando lo que su país le negaba: oportunidades, seguridad, estabilidad. Pero fue en su regreso, tras la deportación y en medio de la adversidad, donde encontró algo aún más valioso: una comunidad organizada, un proyecto común y la posibilidad de quedarse dignamente en su tierra.
Desde pequeño, David aprendió a resistir. Creció como el mayor de nueve hermanos en una familia marcada por la pobreza y el abandono. “Siempre hubo una carga muy pesada sobre mis hombros”, dice. Vivió entre mesones, fue testigo del alcoholismo de su padre y otras adversidades. Todo eso lo empujó a soñar con algo distinto.
Estudió contaduría, trabajó en una agencia publicitaria y asistía a la universidad. Pero cuando le ofrecieron un “pasaje” hacia Estados Unidos ya pagado por otro migrante deportado, la tentación fue demasiado grande. Quería un futuro mejor. En la madrugada, como quien busca señales en medio de la oscuridad, tomó una decisión y se fue.
Pasó siete años y medio en Estados Unidos, trabajando en pintura automotriz, mecánica, electricidad. Cambió la oficina con aire acondicionado por el trabajo físico. Recorrió ciudades, ahorró, vivió experiencias que forjaron su carácter. Hasta que fue detenido en un retén de inmigración y deportado. Al volver, descubrió que el dinero que había enviado para “asegurar el futuro” ya no estaba. Tuvo que empezar de nuevo. Y lo hizo.
Junto a su pareja, Sandra, emprendieron un negocio de productos de limpieza. Compraron un panel y comenzaron a levantar su economía. Pero la violencia no les dio tregua: su hermano, a quien le habían dado trabajo, desapareció junto al vehículo y la mercadería. La deuda, el dolor y el miedo volvieron a sus vidas.

Una nueva oportunidad: la vida en comunidad
David y Sandra se unieron a ACOVICUPA, una cooperativa de vivienda en La Palma, Chalatenango, acompañada por FUNDASAL y We Effect. Desde ese momento, sus vidas cambiaron.
“El cooperativismo fue como un salvavidas. Nos ofreció no solo una vivienda, sino un espacio donde reconstruirnos como familia y como personas” nos cuenta David.
Las jornadas de ayuda mutua, en las que cada familia trabaja en la construcción de las viviendas de otras, fueron su escuela. David aprendió a usar pala, piocha, a levantar paredes, a cocinar para todas y todos. Pero más que técnica, aprendió corresponsabilidad. “No solo era padre, esposo o proveedor. También era parte de una comunidad. Y eso nos transformó”, expresa.
Sandra también floreció en ese proceso. Se empoderó, participó activamente, tomó decisiones. Su hija comenzó a expresarse con más seguridad. El hijo pequeño creció viendo que su hogar no era un regalo ni una deuda, sino una conquista colectiva. Como familia, se volvieron más fuertes, más conscientes de sus derechos y de su poder como actores del cambio.
“Aquí aprendimos que la previsión, la organización y la solidaridad no son palabras bonitas: son herramientas para vivir mejor” nos cuenta David con un tono de esperanza y seguridad.
El cooperativismo, un antídoto a la migración forzada
David lo dice claro: si hubiera conocido antes el poder del cooperativismo, quizás no habría migrado. Porque lo que encontró en ACOVICUPA no fue solo una casa. Fue arraigo, fue futuro, fue dignidad.
Hoy, en un país donde tantas personas se ven forzadas a dejar su tierra por falta de oportunidades, su historia demuestra que otra salida es posible. Que el derecho a migrar también implica el derecho a no tener que hacerlo.
“La gente no se va porque quiere. Se va porque no tiene opción. Pero si en nuestros territorios hay acceso a vivienda, trabajo, comunidad y esperanza, muchas personas van a querer quedarse”.
En el Año del Cooperativismo, la historia de David es una muestra viva de que los principios cooperativos, ayuda mutua, participación democrática, equidad, solidaridad, no son solo valores. Son pilares de una vida digna.
Y hoy David ya no sueña con irse. Sueña con quedarse. Con ver a su hija crecer en un hogar construido por sus propias manos. Con enseñar a su hijo que no hace falta cruzar fronteras para tener futuro. Solo hace falta una comunidad que crea en sí misma y trabaje unida para hacerlo realidad.