Antes no podía comer bien en la casa. Tenía que ir a la escuela con el estómago vacío.
Roswel Sagastume lo recuerda mientras camina entre hileras de cilantro, acelga y tomate en un pequeño huerto comunitario en la aldea El Tesoro, Camotán, uno de los municipios más golpeados por la pobreza y la desnutrición en el oriente de Guatemala.
Ahora, dice, las mañanas son distintas.
«Como ya tenemos el huerto, arrancamos cosas para comer antes de ir a estudiar».

La escena parece sencilla: un niño mostrando verduras recién cosechadas. Pero detrás de esa imagen hay algo mucho más profundo. En una región donde miles de familias sobreviven entre sequías, pobreza extrema y hambre crónica, la alimentación escolar se ha convertido en mucho más que un plato de comida: está funcionando como una estrategia de seguridad alimentaria y nutricional, aprendizaje y organización comunitaria.
Para We Effect, la alimentación escolar representa mucho más que una respuesta al hambre. Cuando se conecta con la producción local, la organización comunitaria y la participación de las familias, puede convertirse en una herramienta para fortalecer el desarrollo rural, proteger los derechos de la niñez y construir comunidades más resilientes frente a la pobreza y la inseguridad alimentaria.
En Camotán y otras comunidades rurales de Esquipulas, en el departamento de Chiquimula, la escuela hoy es un lugar donde niñas y niños encuentran alimentos, protección, cuidado y oportunidades para desarrollarse en mejores condiciones.
El hambre que también afecta el aprendizaje
Guatemala continúa teniendo una de las tasas más altas de desnutrición infantil crónica en América Latina, una realidad que golpea con mayor fuerza a comunidades indígenas y rurales del Corredor Seco. Allí, la combinación entre pobreza, pérdida de cosechas, falta de empleo y acceso limitado al agua provoca que cientos de niños lleguen diariamente a clases sin haber ingerido alimentos.
El problema no es únicamente alimentario. También es educativo.
Docentes y familias coinciden en que un niño con hambre tiene más dificultades para concentrarse, aprender, participar y permanecer en la escuela. En muchas comunidades rurales, la inseguridad alimentaria termina convirtiéndose en una causa silenciosa de rezago escolar, abandono educativo y trabajo infantil.
Frente a este escenario surgió MAYA NUTRI, una iniciativa impulsada por We Effect y Seeds for Progress Foundation, con financiamiento de Radiohjälpen. Durante dos años, el proyecto trabajó en Camotán y Esquipulas promoviendo un modelo de alimentación escolar vinculado a la producción local, la participación comunitaria y la protección infantil.
Más que una intervención alimentaria, la apuesta fue demostrar cómo las escuelas pueden convertirse en espacios que fortalecen la nutrición, el aprendizaje y la organización comunitaria.
Más que comida: una red comunitaria alrededor de la niñez

Para We Effect, una alimentación escolar efectiva no se limita a garantizar que las niñas y los niños reciban alimentos. También debe fortalecer capacidades locales, promover la participación comunitaria y generar oportunidades para las familias rurales.
Bajo esa visión, MAYA NUTRI logró servir más de 305 mil raciones de comida en escuelas, centros de cuidado y ollas comunitarias, superando ampliamente las metas previstas y alcanzando a unos 7,023 niñas y niños.
En las escuelas, niñas y niños comenzaron a participar en huertos escolares donde aprenden a sembrar, cosechar y comprender el valor nutricional de los alimentos. En las comunidades, unas 215 mujeres organizadas cocinan colectivamente en ollas comunitarias mientras comparten recetas, conocimientos y espacios de apoyo mutuo. Y en los hogares, muchas familias empezaron a producir hortalizas para autoconsumo y venta local.
Este enfoque permitió que la alimentación escolar dejara de ser vista únicamente como un mecanismo de asistencia y se convirtiera en una herramienta para impulsar la producción local, fortalecer el tejido comunitario y generar procesos de aprendizaje vinculados a la nutrición y el cuidado.
Lo que comenzó como una intervención alimentaria terminó transformándose en una red comunitaria alrededor del cuidado infantil y la merienda escolar.
«La alimentación escolar tiene el potencial de convertirse en una plataforma de desarrollo comunitario. No se trata únicamente de servir alimentos, sino de conectar a las escuelas, las familias, las mujeres organizadas y la producción local alrededor del bienestar de la niñez», explica Mauricio Solís, gerente de programas de We Effect Centroamérica.
La estrategia combinó producción agroecológica, nutrición, participación escolar y fortalecimiento comunitario.
Como resultado, se implementaron 55 huertos escolares, familiares y comunitarios, además de 12 ollas-comedores gestionadas por mujeres organizadas que brindan alimentación y acompañamiento nutricional a unos 320 niños menores de cinco años. Estos espacios contribuyen a mejorar su bienestar y preparación para incorporarse posteriormente al sistema educativo.
Escuelas que también protegen
En las zonas cafetaleras del oriente guatemalteco, la temporada de cosecha suele traer consigo otro problema invisible: el trabajo infantil.
Cada año, familias enteras migran temporalmente hacia fincas cafetaleras para trabajar durante varios meses. Muchos niños terminaban acompañando a sus padres en largas jornadas agrícolas o permanecían sin supervisión al cuidado de hermanos mayores.
Para responder a esa realidad, MAYA NUTRI implementó centros de cuido y protección bajo una metodología llamada Cultivando Educación, donde niñas y niños reciben alimentación, acompañamiento y actividades educativas durante la época de cosecha.
En total, 271 niños participaron en estos espacios seguros durante las cosechas de café.
La iniciativa también permitió abrir nuevos centros de cuidado en comunidades altamente vulnerables de Camotán.
Alimentación escolar con producción local

Uno de los cambios más importantes del proyecto ocurrió dentro de las propias escuelas.
Uno de los principios promovidos por We Effect es que la alimentación escolar puede convertirse en un motor para las economías rurales cuando incorpora alimentos producidos localmente y fortalece la participación de las propias comunidades en su gestión.
En 11 centros educativos rurales, la alimentación escolar comenzó a complementarse con verduras producidas localmente y alimentos fortificados ricos en proteína.
Las madres organizadas no solo preparan los alimentos. También participan en talleres de higiene, nutrición e inocuidad alimentaria y elaboraron nuevas recetas para mejorar la calidad de las comidas escolares.
Al mismo tiempo, niñas y niños participan activamente en la gestión de huertos escolares y gobiernos estudiantiles, fortaleciendo liderazgo, trabajo en equipo y participación comunitaria.
El proyecto también impulsó campañas de desparasitación que alcanzaron a más de 2,100 estudiantes, además de talleres sobre alimentación balanceada y acceso a agua segura en comunidades rurales.
En varias escuelas se instalaron filtros purificadores de agua para reducir enfermedades gastrointestinales asociadas al consumo de agua contaminada, una problemática frecuente en el Corredor Seco.
Mujeres, comunidad y cuidado compartido
Las ollas comunitarias, inicialmente pensadas para atender la nutrición infantil, terminaron convirtiéndose en espacios de encuentro, liderazgo y apoyo mutuo entre mujeres.
Más de 200 mujeres participaron activamente en estos procesos comunitarios. En muchas comunidades, comenzaron además a liderar huertos colectivos y actividades productivas, mientras hombres y jóvenes fueron incorporándose gradualmente a reflexiones sobre corresponsabilidad en las tareas de cuidado.
Alimentación escolar como estrategia de desarrollo rural
La experiencia de MAYA NUTRI demuestra que la alimentación escolar puede generar impactos que trascienden el ámbito educativo y nutricional. Cuando se articula con producción local, participación comunitaria, protección infantil y corresponsabilidad en los cuidados, contribuye también al desarrollo económico y social de las comunidades rurales.
En un contexto marcado por la inseguridad alimentaria y los efectos del cambio climático, este tipo de modelos ofrecen alternativas sostenibles para fortalecer la resiliencia de las familias y garantizar mejores oportunidades para la niñez.
Un modelo que podría replicarse
Durante la implementación del proyecto se construyeron alianzas con instituciones públicas, escuelas, organizaciones comunitarias y actores privados que permitieron ampliar la cobertura y sostener acciones de nutrición y alimentación escolar.
Para We Effect, la alimentación escolar representa una oportunidad para avanzar simultáneamente en varios desafíos del desarrollo: mejorar la nutrición infantil, fortalecer la educación, prevenir el trabajo infantil, promover la igualdad en las tareas de cuidado y dinamizar las economías rurales.
La experiencia desarrollada en Camotán y Esquipulas muestra que cuando las escuelas se convierten en espacios de articulación comunitaria, los beneficios trascienden las aulas y alcanzan a familias enteras.
Mientras Roswel sigue mostrando orgulloso las verduras que cosecha en su huerto, el cambio ya puede verse en acciones concretas: niñas y niños que llegan mejor alimentados a clases, mujeres que fortalecen su liderazgo comunitario, familias que producen parte de sus alimentos y comunidades que construyen soluciones colectivas frente al hambre.
Más que una intervención puntual, MAYA NUTRI deja una evidencia clara: la alimentación escolar puede ser una poderosa herramienta para impulsar el desarrollo rural sostenible y garantizar mejores oportunidades para la niñez.